Hablar de José María Pérez Noriega -Piru-, es inevitablemente
un referente al color. Su obra durante treinta años ha sido caracterizada por
la pluralidad temática que acompaña una paleta policromática inigualable. El
maestro del color, logró encontrar en su técnica una delicada evolución que se
antoja a veces alegre, a veces melancólica.
Desde sus inicios encontró quizá su inspiración más
contundente en los trabajos de Byron Gálvez, geométrico, ordenado, curioso,
determinante, así también se vio seducido por los trazos de Tamayo y Botticelli.
Por ello, Piru desata en cada uno de sus lienzos, inquietudes discordantes
dentro de mundos imaginarios que trasportan sin más a la realidad de lo irreal,
es decir, el artista logra proyectar nuestras vivencias a través de seres
animados e imaginarios que coinciden paradójicamente con la cotidianidad
humana.
A primera vista la obra de Piru recae en una paleta
colorida y equilibrada que al detenimiento, delata madurez excepcional al compás
de su marcada personalidad evidenciada por una mezcla obvia que revelan sus
raíces mexicana y española.
Temperamental, sensible, incluso testarudo y a la vez
hombre de gran corazón y extrema calidez, Pérez Noriega no tiene empacho en
descalificarse como un artista que “pinta monitos”, a sabiendas que detrás de
ello hay una enorme trayectoria y profesionalismo autodefinidos por su
sencillez y dominio de lo que sabe hacer muy bien, capturar emociones en cada intervención.
El movimiento acompaña al color y la estética a su
geometría, ya de por si estudiados por tantos años de experiencia. Genio en las
bellas artes, conducen al colorista notas, acordes y sonidos propios de la
música que imitan el vaivén de las olas en una rítmica danza, y en su discurso,
poesía que con precisión matemática, enmarca sentimientos incomparables, en fin,
el arte en el propio arte.
Quizá el rasgo que define mejor a Piru y a su trabajo,
es la armonía que evoca inmediatamente al equilibrio casi obsesivo. Como el
mismo lo ha expresado, “no descanso hasta satisfacer los caprichos de mi lienzo”.
Hoy a treinta años de carrera, Piru persiste en dejar
un legado en México y en el extranjero a través de sus exposiciones. El
trotamundos incansable se abrió espacios en distintos países tras tres décadas
de trabajo en las que supo capitalizar su maestría artística hacia el
perfeccionamiento. La obra de Piru no obliga pasaporte ni lengua específicos. Lo
mismo en Alemania que en Perú, Colombia o Francia y varios países en Asia
albergaron ya extraordinarias exhibiciones dentro de majestuosas salas como la
Galería Nacional de Moscú, prestigiosas galerías en París o el grandioso Museo
Dolores Olmedo, en la capital mexicana.
La exposición que hoy presenta Piru en el Museo Torres
Bicentenario del Estado de México, es un homenaje a la vida con todo lo que
ello implica: amores, desamores, retos y metas; alegrías y tristezas, pero
sobre todo, es un canto a la perseverancia y pasión por el arte. Nos colma de
orgullo celebrar en este recinto sus treinta años de carrera y deseamos seguir
disfrutando de su inspiración al menos por una treintena más.
Mtro. Fernando Padilla.
Gestor de arte.
Gestor de arte.
Abril 2018.

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