viernes, 3 de agosto de 2018

Prólogo y texto curatoriales / Aniversario 30 años de carrera artística del maestro PIRU

Hablar de José María Pérez Noriega -Piru-, es inevitablemente un referente al color. Su obra durante treinta años ha sido caracterizada por la pluralidad temática que acompaña una paleta policromática inigualable. El maestro del color, logró encontrar en su técnica una delicada evolución que se antoja a veces alegre, a veces melancólica.
 
Desde sus inicios encontró quizá su inspiración más contundente en los trabajos de Byron Gálvez, geométrico, ordenado, curioso, determinante, así también se vio seducido por los trazos de Tamayo y Botticelli. Por ello, Piru desata en cada uno de sus lienzos, inquietudes discordantes dentro de mundos imaginarios que trasportan sin más a la realidad de lo irreal, es decir, el artista logra proyectar nuestras vivencias a través de seres animados e imaginarios que coinciden paradójicamente con la cotidianidad humana.

A primera vista la obra de Piru recae en una paleta colorida y equilibrada que al detenimiento, delata madurez excepcional al compás de su marcada personalidad evidenciada por una mezcla obvia que revelan sus raíces mexicana y española.

Temperamental, sensible, incluso testarudo y a la vez hombre de gran corazón y extrema calidez, Pérez Noriega no tiene empacho en descalificarse como un artista que “pinta monitos”, a sabiendas que detrás de ello hay una enorme trayectoria y profesionalismo autodefinidos por su sencillez y dominio de lo que sabe hacer muy bien, capturar emociones en cada intervención.

El movimiento acompaña al color y la estética a su geometría, ya de por si estudiados por tantos años de experiencia. Genio en las bellas artes, conducen al colorista notas, acordes y sonidos propios de la música que imitan el vaivén de las olas en una rítmica danza, y en su discurso, poesía que con precisión matemática, enmarca sentimientos incomparables, en fin, el arte en el propio arte.

Quizá el rasgo que define mejor a Piru y a su trabajo, es la armonía que evoca inmediatamente al equilibrio casi obsesivo. Como el mismo lo ha expresado, “no descanso hasta satisfacer los caprichos de mi lienzo”.

Hoy a treinta años de carrera, Piru persiste en dejar un legado en México y en el extranjero a través de sus exposiciones. El trotamundos incansable se abrió espacios en distintos países tras tres décadas de trabajo en las que supo capitalizar su maestría artística hacia el perfeccionamiento. La obra de Piru no obliga pasaporte ni lengua específicos. Lo mismo en Alemania que en Perú, Colombia o Francia y varios países en Asia albergaron ya extraordinarias exhibiciones dentro de majestuosas salas como la Galería Nacional de Moscú, prestigiosas galerías en París o el grandioso Museo Dolores Olmedo, en la capital mexicana.  

La exposición que hoy presenta Piru en el Museo Torres Bicentenario del Estado de México, es un homenaje a la vida con todo lo que ello implica: amores, desamores, retos y metas; alegrías y tristezas, pero sobre todo, es un canto a la perseverancia y pasión por el arte. Nos colma de orgullo celebrar en este recinto sus treinta años de carrera y deseamos seguir disfrutando de su inspiración al menos por una treintena más.

Mtro. Fernando Padilla.
Gestor de arte.
Abril 2018.

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